jueves, 26 de enero de 2012

SUAVE, QUE ME ESTÁS MATANDO

Recuerdo que en la ya tan lejana campaña electoral del mes de noviembre del pasado año, el candidato del PSOE, Alfredo Pérez Rubalcaba, propuso que sería conveniente solicitar una ampliación del plazo para ajustar el déficit público al 3% que exige Bruselas.

Aquella idea fue apoyada por este blog, pero sin embargo en aquel momento su rival del PP, Mariano Rajoy, a la postre presidente del gobierno rechazo la idea tildándola de ocurrencia que castigaría a España en los mercados financieros.

Hoy nos encontramos con que Rajoy se reúne con la Canciller alemana, Angela Merkel, para tratar de llegar a un nuevo acuerdo del ajuste del déficit español.

De momento los mercados financieros no han castigado a España por tal propuesta, por lo que parece que están más interesados en que se hagan reformas estructurales que mejoren la competitividad y contribuyan a recuperar la senda del crecimiento económico, que no en reducir el gasto público pagando el precio de la recesión.

Es cierto que el escenario económico que plantean ahora organismos económicos como el FMI, es más pesimista que el de hace 3 meses, pero también es cierto que habría que reconocer el mérito de quien primero vio la necesidad de negociar un cambio en el pacto del ajuste presupuestario para no estrangular la economía española.

Como ya he comentado alguna vez; rectificar es de sabios, pero de sabios equivocados.

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2 comentarios:

A las 26 de enero de 2012 a las 2:23 , Anonymous Cizañero ha dicho...

Cuando parecía claro que el PSOE iba a perder las elecciones, resulta que al señor Rubalcaba le llegó la iluminación de que sabía cómo sacar a España de la crisis. Demasiado tarde. Solicitar tiempo es casi el último recurso de todo aquel que se ve con la soga al cuello. Si los ciudadanos le hubiéramos dado la confianza a los socialistas 4, 8, 12 ó 16 años más, entonces seguro que nos sacan de la crisis... ¿o no?

 
A las 30 de enero de 2012 a las 8:39 , Anonymous CONSULTORÍA DOÑA BERENGUELA ha dicho...

No se trata de cambiar el sentido del voto por una idea, pero sí de que el ganador de las elecciones aceptase públicamente la posible idoneidad de una idea del rival.

 

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